miércoles, 8 de abril de 2015

Las dos almas hoy: Neocarrillismo o Alternativa



Un partido político reproduce en su seno la lucha de clases. Es algo evidente, máxime si en ese partido hay representación de distintas fracciones de clase (algo inevitable incluso aunque no se pretendiera) o, en resumen, si se trata de un partido amplio y plural. Además de diferencias estratégicas, tácticas u organizativas, en un partido son inevitables los cruces (normalmente legítimos) de intereses. Y este cruce de intereses a veces delimita las ganas (y necesidad) de transformación, reflejando un escenario en el que unos quieren ir más allá y otros quedarse quietos. En el fondo, a veces soterrada, la lucha ideológica.

Anguita popularizó dos dualidades: las dos orillas y las dos almas. La primera es conocida, la segunda algo menos. Lo que viene a decir es que el PCE (y luego, también, IU) tiene dos almas: una, heredera del carrillismo, entiende que debemos ser poco más que la corriente de izquierdas del PSOE, y otra, que hay vida más allá del bipartidismo, las instituciones y el capitalismo. Desde la IX Asamblea y el proceso de Refundación, ésta última es hegemónica en los documentos y en la retórica, pero no tanto en la praxis. Un tiempo más tarde, Juan Antonio Andrade hiló más fino en El PCE y el PSOE en (la) transición, añadiendo un tercer alma de retórica ortodoxa, identitarismo y bandera muy alta pero que, de nuevo en la práctica, está más cerca de la primera que de la segunda.

El 15-M de 2011 inició un ciclo de movilizaciones que culminó (en parte) en la institucionalización de la protesta el 25-M de 2014 a través, principalmente, de Podemos. A partir de ahí hemos asistido a una recomposición político-electoral del régimen que ha afectado a todos los partidos en su conjunto. Casi nadie lo sabe, pero Manolo Monereo escribió en Por Europa y contra el sistema euro, que no apoyaba a Podemos porque eso debilitaba a IU y fortalecía el bipartidismo, literalmente. Digo esto exclusivamente a modo de anécdota, conste. En cualquier caso, en IU se abrió una crisis, aunque esto no sería nada nuevo si no se tratara de la crisis. Resulta curioso ver cómo todos los debates se atascan y se enconan en dos posiciones radicalmente distintas nada más empezar: cuál es el origen de la crisis.

El análisis riguroso y complejo es sustituido por la premura de un contexto convulso en el que todo lo sólido se desvanece en el aire. Esto da lugar a un debate más simplista de lo que debiera que vuelve a enfrentarnos en dos posiciones: la crisis de IU se debe a que hizo bien sus deberes o a justo lo contrario. La primera tesis sostiene que IU iba por el buen camino, tal y como reflejaban las encuestas, por lo que el poder tuvo que mover ficha para impedir que avanzáramos delante de sus narices, la más importante, Podemos; ya se sabe, divide et impera. La segunda tesis defiende que IU hizo cosas bien pero no las suficientes como para erigirse en la Syriza española, por lo que al no recoger el descontento político y social, dejó el camino libre a unos que entendieron mejor que nosotros el contexto de emergencia.

Las dos almas vuelven a planear sobre el debate: íbamos bien porque las encuestas reflejaban una subida lo suficientemente importante como para pactar con el PSOE en condiciones dignas. La conversión de IU en partido, la falta de coherencia con lo acordado en asambleas, la confusión entre pactos y alianzas o la insistencia en un esquema de normalidad en un contexto de excepción y sensibilidad constituyente, son algunos de los factores que se pasan por alto: es mucho más fácil echarle la culpa a otros que hacer autocrítica.

Por otra parte, desde una visión con vocación de alternativa al bipartidismo, no era un disparate pensar que las cosas no se estaban haciendo lo necesariamente bien, pues el contexto podía ofrecer un margen algo más generoso que una mera subida electoral por inercia. El vuelco electoral ni está ni estaba a la vuelta de la esquina, pues las victorias electorales son el resultado en última instancia de la organización popular y la movilización social, pero se podía optar por un proyecto más ambicioso en un contexto en el que una mayoría social aun sin un arraigo ideológico, tenía sensibilidad de cambio. No obstante, es un error pensar que era pan comido y nos bastaba con hacer los deberes en lo interno: ¿alguien sabe cuántas huelgas generales ha habido en Grecia antes de la victoria de Syriza? Cabría aquí una lectura cercana a esta tesis más profunda y menos halagüeña.

En cualquier caso, sea cual sea el origen o las causas, vuelven a planear las dos almas sobre las respuestas a la crisis. Por un lado están quienes quieren convertir (más) a IU en un partido (eso supondría la muerte del PCE: dos partidos no pueden vivir en uno) y no dudan en tirar de identitarismo; y por otro lado están quienes quieren convertir a IU en lo que siempre debió ser, un movimiento político y social en el que quepan los partidos, con el republicanismo, el federalismo y anticapitalismo como señas de identidad. Ambos proyectos son distintos y antagónicos; unos quieren ser la izquierda del régimen y otros quieren acabar con él.

Neocarrillismo o Alternativa. El ínclito cosechador de triunfos Gaspar Llamazares o el joven Alberto Garzón. El tercer alma, en pena, de retórica ortodoxa, con el primero: Madrid, siempre Madrid.

martes, 31 de marzo de 2015

Lo que no debimos olvidar

Segunda parte del artículo Lo que no debe olvidar IU Andalucía, escrito el 26 de marzo de 2012. Continuación, también, del artículo ¿Qué hacer en Andalucía?, escrito el 16 de abril de 2012.


Es importante que situemos las elecciones andaluzas en un marco estratégico en el que la disputa es entre Restauración y Ruptura Democrática. En este contexto debemos situar todos y cada uno de los acontecimientos políticos recientes y por venir, empezando por el ciclo electoral que inició Andalucía. La crisis del régimen abre una grieta temporal que podemos agrandar pero que si no lo conseguimos se cerrará y el tren pasará. El objetivo de la oligarquía económica y de sus representantes políticos es, una vez asumida la necesidad de algunas reformas, un proceso de “revolución pasiva” que consistirá si no lo evitamos en retoques de maquillaje en la superestructura política: nuevas caras y nuevos partidos si es necesario, la cooptación de una parte de las fuerzas de ruptura  y, en definitiva, cambiar todo para que nada cambie y sigan mandando los que no se presentan a las elecciones. La Restauración ya comenzó y son ellos los que han llevado la iniciativa desde el primer momento. Dicho de otra manera: van ganando y desde las elecciones andaluzas, con más ventaja.

Las elecciones andaluzas no han sido unas elecciones más principalmente por dos cuestiones: determinarán en buena medida el resto de elecciones y el PSOE se ha jugado parte importante de su futuro en ellas. No podemos olvidar que el principal sostén del régimen sigue siendo el PSOE, ya que el PP es incapaz de generar un consenso tan amplio hacia el centro, con independencia del número de votos que logre sacar. La jugada era clara: darle un repaso al PP, quitarse a IU de en medio y frenar el posible tirón de Podemos. Salir reforzados de cara a las generales. La táctica: batallar en el terreno más favorable para ellos y más difícil para el resto. La estrategia: populismo basado en cuatro puntos principales: un liderazgo fuerte que se funda en simbiosis con el Pueblo, un nacionalismo sin nación o patrioterismo, la creación de un enemigo externo como el origen de todos nuestros malos y un discurso estrictamente emocional. En todo momento han llevado la iniciativa, pillando al resto a contrapié, y quien lleva la iniciativa tiene todas las de ganar. A esto hay que añadirle el arraigo en las zonas rurales, las redes clientelares, una exitosa campaña mediática-electoral de año y medio y un grado de concienciación alto de los andaluces pero también de resistencia a cualquier cambio.

Sudor, lágrimas y votos nos ha costado entender que en política no gana quien tiene el mejor programa o candidato, hace la mejor campaña o tiene la trayectoria más digna: también en política la razón es rehén de la emoción y no al revés.

Más allá del análisis concreto de los resultados, las elecciones andaluzas han sido un éxito para el régimen y un fracaso para la izquierda. No obstante, y huyendo de todo conformismo, tenemos que tener en cuenta que una parte de la decepción es fruto de una peligrosa ingenuidad. Creer que la indignación, sin apenas organización popular ni movilización social, se va a traducir automáticamente en votos revolucionarios, es ingenuidad. Creer que el régimen al que aspiras derrocar se va a quedar de brazos cruzados viendo cómo avanzamos, es ingenuidad o algo peor. Y el problema cuando se apuesta todo a la ilusión electoral y las cosas no salen bien es que se produce una crisis de militancia, más peligrosa incluso que el batacazo electoral. Si algo ha puesto en evidencia estas elecciones es que salvo el poder y la organización popular todo es precisamente eso, ilusión.

Aunque no se puede analizar el papel y los resultados de IU Andalucía atendiendo exclusivamente a Andalucía, podemos extraer algunas conclusiones. Cabe destacar de antemano el dignísimo papel de Antonio Maíllo y la buena campaña electoral en su conjunto, aun con déficits en la comunicación en general y en el discurso en concreto. Estos dos factores y la movilización de la militancia nos salvaron de un resultado peor. No obstante, el principal problema de IU Andalucía y también a nivel federal es un problema político más profundo.

Desde el proceso de Refundación teníamos la hoja de ruta sobre el papel, la lectura del momento, el objetivo y la estrategia, pero no adaptamos lo suficiente ni el proyecto ni la organización a esa hoja de ruta. No supimos apreciar el alcance de la crisis del régimen y en un momento de excepción seguimos con un esquema viejo que consistía en la teoría de vasos comunicantes entre los votantes del PSOE y los nuestros. Creíamos que era tan sencillo como no moverse demasiado y esperar a que de manera progresiva los votantes de izquierdas del PSOE vinieran a nosotros. Asumimos nuestra tarea de izquierda real pero subalterna: se trataba de crecer y pactar en condiciones dignas con el PSOE donde tocara. En un contexto de crisis de hegemonía en el que se daban las condiciones objetivas y subjetivas para aspirar a esa mayoría social con sensibilidad constituyente pero sin solidez ideológica fuerte, nosotros optamos por aspirar a “la izquierda de la izquierda”, principalmente clase media con estudios y profesionales liberales: renunciamos a esa parte importantísima de la clase trabajadora sin conciencia de clase que no nos entendía.

En este contexto de excepción, aunque no tan visible como ahora, entramos a formar parte del Gobierno andaluz. Desde la óptica del esquema viejo de normalidad se trataba de una decisión teóricamente impecable: gobernar para mostrarnos como una opción responsable de gobierno, que puede gestionar mejor que el resto, y hacer que el PSOE gire hacia la izquierda. Y lo conseguimos. El problema es que nos mostramos como parte de “lo mismo”, de “lo viejo” y, en resumen, del “régimen”. Además había una contradicción insalvable: combatir el bipartidismo y gobernar con él. Tampoco logremos tejer alianzas con los movimientos sociales y ampliar nuestro espacio político. Todo esto, es importante decirlo, a pesar de un trabajo muy bueno de nuestros compañeros en el Gobierno y en el Parlamento. También es importante decir que el hecho de cogobernar es tan solo un factor más de los que explican los malos resultados ya que, como veremos más adelante, sacaremos resultados peores en sitios donde no gobernamos.

Siguiendo con la valoración política  del cogobierno, probablemente la cuestión más importante no sea la mera participación en él, sino la salida y la ruptura. En todo momento el PSOE llevó la iniciativa, con la ventaja que eso supone, relegándonos a una posición muy desfavorable. La batalla principal del relato de la ruptura la perdimos y a partir de ahí fuimos haciendo equilibrios entre el orgullo y la vergüenza del cogobierno y la crítica hacia quienes hace dos días antes eran nuestros socios. Nunca sabremos si la crisis de la Corrala era un buen momento para para dar un puñetazo en la mesa.

Sería injusto pasar por alto la propia situación de IU a nivel federal. Estamos en un momento delicado, y Madrid, por ejemplo, da una imagen bochornosa que nos hace perder votos incluso en los pueblos más recónditos de la Andalucía profunda. Una de las características que más valoran los votantes es la unidad interna y la capacidad de liderazgo y cohesión de la dirección. En este sentido, la dirección federal respecto a Madrid no ha estado a la altura. A esto hay que sumarle que IU a nivel estatal lleva a la defensiva desde las elecciones europeas: dimisión de Willy Meyer, escándalo de Bankia, Madrid y una actitud  de auto justificación poco inteligente respecto a “lo nuevo”. Si lo que se está cuestionando es el régimen y nosotros dedicamos todos nuestros esfuerzos a defendernos y justificar nuestra propia existencia, estamos perdidos. Si a estos factores (de entre tantos) le sumamos una obvia y natural campaña del poder económico y mediático contra nosotros, el resultado se puede entender.

Aun con todo, hay sitio para la esperanza. Una nueva IU que sea capaz de refundarse a todos los niveles no solo tiene espacio, sino que es imprescindible. Una nueva IU que organice y tensione la calle. Que radicalice las propuestas socialdemócratas hoy hegemónicas en el espectro de la izquierda y presione para que el “cambio” no quede en “cambiazo”. Debemos ser conscientes de que el tren solo pasa una vez cada mucho tiempo pero también de que el ilusionismo electoral tiene límites. De nuevo, salvo el poder y la organización todo es ilusión. En nuestra mano está que una nueva IU sea esa organización y ese proyecto de clase capaz de organizar desde abajo a la clase trabajadora y a los sectores populares. En definitiva, de lo que se trata es de que IU exista para lo que nació y no haya, como en muchos sitios, una separación entre IU organización e IU proyecto. Lo hemos dicho muchas veces, pero como dijo José Martí, la mejor forma de decir es hacer.

miércoles, 25 de marzo de 2015

Los asesores de Susana Díaz han leído a Laclau



El triunfo de Susana Díaz dejó una sensación de estupefacción y amargura entre las diversas gentes que aspiran a algo mejor de lo que tenemos. A partir de ahí, llantos, insultos y tirones de pelo. «Da igual lo que hagan» o «nos merecemos lo que tenemos». Algunos incluso hablan de masoquismo. Lo cierto es que razones para lamentarse no faltan: la región con más paro de Europa vuelve a votar a los responsables políticos de los ERE’s y, concretamente, a la elegida por el dedo del último presidente de Andalucía, hoy imputado junto a su predecesor. Estas reacciones son humanamente comprensibles pero no sirven para entender lo sucedido.

Me tragué la campaña entera. Destaco un momento, probablemente el momento clave, en el que me indigné más que nunca por dos razones: por la falta de educación y honestidad de Susana Díaz y porque dio donde duele. Me refiero al segundo debate entre Antonio Maíllo, Susana Díaz y Juanma Moreno, televisado por TVE. De manera objetiva (aunque objetivos son los objetos) Antonio Maíllo ganó los dos debates, pues fue el único que aportó alternativas, hizo un análisis riguroso y además puso encima de la mesa una propuesta estratégica a medio y largo plazo para Andalucía. Programa y proyecto: Política con mayúscula. Por otra parte, había un pique dialéctico bipartidista entre Juanma y Susana, marcado por las interrupciones de ésta. Llegado el momento Maíllo, indignado, dio con el quid de la cuestión dirigiéndose a Susana: «Andalucía no es usted».

Y es que la estrategia de campaña de Susana ha sido una brillante estrategia populista. De la estrategia populista, independientemente de quien la ejecute, destaco cuatro aspectos que han sido desarrollados con éxito por el PSOE de Andalucía:

1. Liderazgo fuerte. Las sociedades posmodernas no necesitan dirigentes sino líderes. Y una de las cualidades más importantes de éstos es la fortaleza: algo que demostró Susana desde la ruptura del Gobierno andaluz hasta las interrupciones a Juanma Moreno en los debates, pasando por la apuesta absoluta de hacer de su propia persona el eje central de la campaña. Pero no bastaba con esto: un liderazgo es realmente fuerte cuando se funde en simbiosis con el Pueblo. El líder no se representa a sí mismo, ni siquiera al partido, sino al Pueblo en su conjunto. Él es el Pueblo y quien se meta con él se está metiendo con el Pueblo. Si esta asociación no chirría demasiado podemos hablar de un liderazgo hegemónico. Un apunte: todos sabemos que la sociedad está dividida en clases sociales con intereses antagónicos. ¿Qué significa que una clase es hegemónica (y tiene el consentimiento de una parte importante de las otras)? Que es capaz de presentar sus intereses particulares de clase como los intereses generales de todos. Rajoy nunca habla en nombre de la derecha, ni del PP, ni de la minoría privilegiada para la que gobierna: habla en nombre de España. Susana consiguió imponer todos sus relatos: el de la ruptura por inestabilidad, el de que hay dos caminos diferentes y el de Andalucía soy yo.

2. Nacionalismo. Toda estrategia populista se basa en la defensa de “los nuestros” frente al ataque de “los otros”. El antagonismo político tiene su origen en Carl Schmitt y en resumen podríamos definirlo como la creación de un escenario dividido en amigo-enemigo. Andalucía es una tierra especial, atravesada por un andalucismo importante frente al histórico centralismo español. Esto Susana lo aprovechó con éxito: huyó de los típicos fondos rojos del PSOE y los sustituyó por los colores verde y blanco. En cada fondo, en cada lema, en cada discurso una palabra era repetida hasta la sociedad: Andalucía. “No somos el PSOE, no somos la izquierda: somos Andalucía”. El colofón: los sobres del mailing que incluían los votos estaban pintados con la bandera andaluza. ¿Cuál ha sido y sigue siendo el principal problema del PP y de la derecha en general en Andalucía? Que el andalucismo es hegemónicamente de izquierdas porque la Autonomía la trajo ésta y el PP no tiene proyecto de Andalucía (Alianza Popular pidió la abstención el 28-F de 1980, por cierto). A la izquierda transformadora a nivel estatal le pasa precisamente lo contrario: el españolismo es hegemónicamente de derechas y no tiene proyecto de España.

3. Enemigo externo. Creo sinceramente que Juanma Moreno no ha hecho una mala campaña, aunque no pudo quitarse la imagen de representante de los señoricos y tampoco supo marcar el terreno donde disputar la partida. La iniciativa la llevó en todo momento Susana, llevando el debate a Madrid y señalando al Gobierno central como el origen de todos los males de Andalucía. Estamos hablando del Gobierno más impopular de la historia del que también destaca, y esto es cierto, una actitud casi morbosa contra Andalucía. Es una relación que retroalimenta a ambas partes, que salen beneficiadas del toma y daca: solo hay una persona capaz de plantar batalla al populismo de Susana Díaz: Esperanza Aguirre, que utiliza sus mismas armas. Así, Susana situó el enemigo de Andalucía en Madrid y se parapetó en una defensa “nacionalista” de su tierra: Madrid quiere masacrar a Andalucía y los contrincantes políticos que se meten con Susana Díaz se están metiendo con Andalucía. Una visión insultantemente paternalista pero efectista: en política, cuanto más simple, mejor.

4. Emocionalidad. Desde nuestro marco entendemos que la política es programa y proyecto. Desde un análisis estrictamente racional nuestro programa es el mejor, no porque lo digamos nosotros sino porque objetivamente va encaminado a mejorar las condiciones de vida de la mayoría de la gente. Y aun así vemos cómo la mayoría de esa gente vuelve a votar a quien le roba, le engaña o le recorta. Para bien o para mal la política es algo eminentemente irracional y emocional: no gana quien tiene mejores argumentos sino quien genera las emociones adecuadas en los momentos adecuados. También en política, la razón es esclava de la emoción, y no al revés. Susana tiró constantemente de storytelling y de un discurso emocional al que las propuestas, el programa o un análisis riguroso no solo no le hacía falta, sino que le estorbaba. Aunque bajo mi punto de vista ha sido algo chapucera, ha cumplido los requisitos imprescindibles de la comunicación de hoy en día: simplificar, repetir, reenmarcar y traducir en emociones. Si a esto le añades el control absoluto de los medios de comunicación, poco tienen que hacer tus propuestas programáticas elaboradas colectivamente. Triste pero cierto.

También hay otros factores importantes a tener en cuenta para entender los resultados de las elecciones. Un grado de concienciación importante de los andaluces pero a la vez de resistencia a cualquier cambio, las redes clientelares principalmente en la Andalucía rural (que es mayoría) y una exitosa campaña mediática-electoral de año y medio, son otros factores a tener en cuenta. Así como la debilidad organizativa de Podemos o la pérdida de credibilidad de IU tras el cogobierno.

En cualquier caso, la arriesgada Operación Susana ha sido un éxito. Quien lleva la iniciativa tiene todas las de ganar: el arte de la guerra dice que si tienes que batallar tienes que hacerlo en el terreno en el que te sea más favorable. Andalucía era el terreno más propicio para el PSOE y, no lo olvidemos, para el bipartidismo. Una derrota de IU y un frenazo de Podemos sería suficiente para que el régimen culminara el proceso de “revolución pasiva” que inició hace tiempo: cambiar todo para que nada cambie. Un lavado de caras, e incluso de partidos si es necesario, que regeneren el sistema y lo dejen como nuevo: que haya cambios en la superestructura política pero la infraestructura económica siga intacta. Por el momento van ganando y el “cambiazo” está más cerca que el “cambio”.

jueves, 22 de enero de 2015

¿Qué es La isla mínima?



El cine español ha dejado en 2014 la mayor recaudación de los últimos tiempos y, aunque no por ello, una lista importante de películas buenas y muy buenas. El Festival de San Sebastián fue para Magical girl, de Carlos Vermut, una película que podría haberse llamado A spanish film, ya que es lo más parecido (a su manera) que veremos a la indescriptible película serbia. En los Goya también optan a mejor película, además de Magical girl y La isla mínima (Alberto Rodríguez), El niño (Daniel Monzón), Relatos salvajes (Damián Szifrón) y Loreak (Goenaga y Garaño). La lista de nominaciones la encabeza La isla mínima, con 17, seguida de El niño, con 16. Ésta última, salvando a Luis Tosar y el presupuesto, es una película que no pasa de buena: se parece mucho más a El príncipe que a la segunda temporada de The wire. Relatos salvajes es una buena película que ha sabido teatralizar el nihilismo tragicómico de nuestros tiempos; ay qué haría yo en este mundo si pudiera. No obstante, creo que La isla mínima será justa ganadora. La lista de nominaciones deja algunas sorpresas, de las que destacaría 10.000 km (Carlos Marqués-Marcet) y Hermosa juventud (Jaime Rosales), ambas sobre el amor imposible en un mundo imposible que describía Javier Egea, o sobre cómo las condiciones materiales lo condicionan absolutamente todo, incluidas nuestras relaciones. En la lista de nominaciones destaca la ausencia de Leviatán (Andrei Zvyagintsev) optando a mejor película europea, más aun habiéndole levantado el Globo de oro a Ida.


Alberto Rodríguez, que saltó a la palestra con 7 vírgenes en 2005, describiendo el mundo del lumpen, dio el campanazo en 2012 con Grupo 7, película de acción absolutamente necesaria que se llevó solo 2 goyas de 16 nominaciones. Ambas retratan a mundos excluidos, primero de la “modernización” de España y después de su burbuja. La isla mínima tiene mucho de eso. Más que un trhiller policíaco es una película que va sobre la Transición que no fue tal. Él mismo lo reconoce: su mayor influencia fueron los dos documentales críticos de los hermanos Bartolomé, Después de… (1981), en los que se nos dice que de transición modélica, nada de nada. Alberto es muy inteligente: sabe que la propaganda solo es buena si parece que no es propaganda. El éxito es tan rotundo que muchos de quienes hayan visto la película creerán que estoy exagerando, pero en absoluto: La isla mínima nos dice que en España no hubo una depuración de los aparatos represivos del franquismo y que la transición, en su sentido más amplio, no llegó a la “España profunda”. Ése es el mensaje que esconde la maravillosa atmósfera, la trama, el sonido y el magnífico elenco de actores.


Hay tres personajes que planean desde el principio al final, imprescindibles para entender mejor la película. El primero es Armando López Salinas, escritor comunista autor de la impresionante La mina (1959), recientemente editada por Akal y David Becerra, y de dos novelas que inspiraron al director como él mismo ha confesado: Caminando por las Hurdes (1960) y sobre todo Por el río abajo (1966). En ambas, los protagonistas se adentran dentro de la España más profunda donde, literal y materialmente, se quedó estancada hace décadas. Bastantes décadas. El primer libro utiliza fotografías de Luis Buñuel, que hizo lo propio en Las Hurdes (1933). El segundo describe, desde la perspectiva del realismo social, los recovecos del Guadalquivir: los planos aéreos de la película son magníficos.


El segundo es el fotógrafo Martín Aya, “el último fotógrafo que miró a la clase obrera”: “Fue fotógrafo en blanco y negro en un país que no conseguía coger color. Se interesó por los protagonistas de la parte de atrás de la historia, los de la España sin Transición, los que no lograron pasar de la humildad y la escasez al bienestar. Los aplastados. Como ese galgo exprimido que arrastra sus costillas por las marismas del Guadalquivir y agacha la cabeza, sumiso y huidizo. Un perro semihundido, en un país semienterrado. Ése, el que busca Aya”. Aquí algunas de sus fotos.


El último es Billy el Niño, pistolero franquista de tantos buscado por la justicia argentina ya que la española sigue fiel a la ley de “punto y final”, que es lo mismo que decir: aquí no ha pasado nada. Además, Alberto nos lo dice de manera inteligente: es gente normal, es gente que se integró y que te invitará a una botella de vino aunque no seas como él. Son personas. Y no podemos reabrir viejas heridas. Y tampoco podemos poner el grito en el cielo por ello, él mismo lo dice así: “Este país no es democrático, no está acostumbrado”. Brillante. Solo un año después vino el triunfante 23F, con la LOAPA, la paralización de las exhumaciones de fosas y de cualquier reforma democrática mínimamente profunda. A los dos años vino el PSOE con la mayoría absolutísima dispuesto a enterrar todas y cada una de las esperanzas de cambio real. Desde entonces, solo ha habido una película que se ha atrevido a cuestionar la versión oficialista de la Transición. Así nos va.

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