Decía un argentino muy
sabio que desgraciados los tiempos en los que hay que explicar lo
obvio. El problema surge cuando el Pensamiento Único se propaga como
la metástasis de tal manera que el mero hecho de disentir de él, o
de algún aspecto por pequeño que sea, te convierte en un
subversivo, en un “anti”. De esta manera, la clase dominante, es
decir la oligarquía capitalista a través de sus voceros,
especialmente los medios de información (que como ya advirtiera
Einstein hacen casi imposible al ciudadano medio hacer un uso
inteligente de sus derechos políticos), nos dicen quiénes son los
buenos y quiénes son los malos.
Para los franquistas, los
que estaban en contra de la Dictadura (Orden Dominante entre poco y
nada depurado en el proceso de lo que llaman Transición) eran los
“anti-España”. La política es poder pero también lenguaje (el
gobierno de las palabras), y de esta manera la burguesía franquista
se apropió del término España, de la Patria, tal que estar en
contra de la Dictadura, de Franco, significaba efectivamente estar en
contra de España, de la Patria. ¿Y qué gentes de bien iban a estar
en contra de su propio país, de su propia Patria? Pues sólo un
grupo reducido de trasnochados, abrecicatrices, rencorosos,
bandoleros y anti-españoles en general, hoy llamados anti-sistema.
El prefijo -anti, con sus connotaciones negativas nos dice quiénes
son los malos y, por consiguiente, quiénes son los buenos.
Pero España, antes que
nada, son los españoles. Ni una empresa privada ni un equipo de
fútbol, sus ciudadanos. Si nos fijamos, normalmente y como no puede
ser de otra manera, quienes más patriotas se sienten, quienes lucen
más pulseras de España suelen ser las gentes de derechas. Sienten
que el país, igual que el poder, por historia, les pertenece. Es una
muestra flagrante del franquismo sociológico fantasmagóricamente
presente en todos los rincones, y lo más grave: en nuestras cabezas.
A diferencia de otros, el fascismo sí supo adaptarse a la realidad y
cambió la cárcel, los fusilamentos y el dominio militar (salvo que
la correlación de fuerzas no le sea muy favorable) por uno mucho más
temible y poderoso: el dominio de la mente.
Llegados a este punto,
explicar lo obvio es explicar que la derecha española, en ninguna de
sus formas, puede ser patriota. ¿Por qué? Porque las políticas
económicas de la derecha consisten en vender los recursos naturales,
las empresas públicas, los derechos más básicos de los ciudadanos
y el país, en definitiva, a manos extranjeras. ¿Qué clase de
patriota podría anteponer acabar con el déficit y una dueda
ilegítima a cubrir los servicios sociales más indispensables de sus
ciudadanos como la sanidad o la educación? ¿Qué clase de patriota
gobernaría por y para el FMI o el BCE en vez de por y para sus
ciudadanos? Tanto PP como PSOE deberían ser acusados de crímenes de
lesa Patria (traición) porque no han hecho más que vender nuestro
país a mercaderes extranjeros.
Si decimos que España
son los españoles, podemos afirmar que ser patriota o un buen
español significa mirar por los intereses de los españoles, o lo
que es lo mismo: por el interés colectivo de nuestros compatriotas
como “pueblo”. Esto es, para que nos entendamos, defender lo
público, que no es lo de nadie sino lo de todos, ya que es la única
manera de intentar que se cumplan, aunque sea por cumplir (valga la
redundancia), los derechos recogidos en la Declaración Universal de
Derechos Humanos e incluso en ese pobre y cornudo pagafantas llamado
Constitución. Partiendo de esta base, veamos unos ejemplos que nos
sirvan para diferenciar entre un patriota y un payaso.
A grandes rasgos, la
diferencia entre una empresa pública y una privada es que de la
primera nos beneficiamos todos y de la segunda sólo unos pocos. Al
gobierno de Felipe González se le dio bien aquello de privatizar
empresas públicas, entre otras anécdotas como la corrupción y el
terrorismo de Estado (los GAL). Un ejemplo es la famosa Repsol, que
fue privatizada en la década de los ochenta (como Telefónica, Gas
Natural...). Felipe antepuso los intereses privados de unos pocos al
interés general de la mayoría. Échenle un vistazo a la subida del
precio de los hidrocarburos desde los ochenta hasta el día de hoy y
díganme si Felipe es un patriota o un payaso.
Por otra parte, tenemos a
la Presidenta de Argentina, Cristina Fernández, que anunció la
expropiación de Repsol (capital privado que apenas deja impuestos en
España) y la renacionalización de YPF, filial de Repsol que fue
privatizada por anteriores gobiernos argentinos. La buena de Cristina
(que no es ni marxista ni de “los míos”) provocó la ira y una
guerra dialéctica no sólo con el Gobierno sino con una buena parte
de españoles que, sin saber muy bien por qué, se sintieron
agredidos a pesar de que ni han sido ni son accionistas de YPF. No
puedo pasar por alto el hecho de que nuestro Gobierno (y ciertos
patriotas) se indigne con Argentina pero se arrodille encantado de la
vida ante Merkel y el capital financiero que tiene secuestrada
nuestra soberanía y eso que llaman democracia. ¿Se imaginan a Rajoy
teniendo la misma valentía ante Mario Dragui o Christine Lagarde? Yo
tampoco.
Argentina hace unos pocos
años se parecía a la España de hoy, era un país gobernado por
títeres a las órdenes del FMI hasta que acabó cayendo en la
tremenda crisis del “corralito”, como bien le puede pasar a
España. Pero un día decidió romper con los especuladores
extranjeros y recuperar su soberanía para realizar, de manera nada
radical o revolucionaria, políticas que intentaran garantizar
algunos mínimos para la mayoría social golpeada por la crisis. Hoy,
mientras la economía española decrece, la economía argentina crece
al 7%. Un porcentaje que nos sirve para diferenciar entre estar
gobernados por patriotas o por payasos.
Cuando se vacía de
contenido la palabra patriotismo y se sustituye por un patrioterismo
banal y pueril, y además desde tan alto nivel nos dan semejantes
ejemplos, es normal que la gente no sepa qué es España o qué es
ser patriota; es normal que alguien llame a Sabina “traidor” por
apoyar la medida del Gobierno argentino; es normal que quienes no se
sientan identificados por la rojigualda o el himno nacional sean
tachados de anti-españoles; es normal que la línea limítrofe entre
un supuesto patriota y un payaso sea tan difusa. Mi amiga Sari me da
la razón.