viernes, 22 de agosto de 2014

Nota breve sobre la independencia de Cataluña



No es fácil, pero a veces pasa. Te sientas, enciendes la tele y asistes indiferente al recital, hasta que de repente algo capta tu atención. “El caso Pujol no afectará al proceso [independentista] porque nosotros queremos la independencia para evitar casos como este”, afirmó Carme Forcadell, Presidenta de la Asamblea de Catalunya. Sin despeinarse resumió el eje central de la estrategia independentista, hoy hegemónica, que encabeza la burguesía catalana: “España: culpable”. Sobre este análisis de origen se levantan el resto de iniciativas y discursos. Podríamos resumirlo así: “España es un lastre para el progreso de Cataluña. Cataluña debe conquistar la independencia para conquistar así su soberanía y poder competir de tú a tú, como Estado independiente, en la Unión Europea”.


Es una estrategia bien montada (en política si no construyes un enemigo no te comes un rosco),  pero hay un pequeño problema: España como tal no existe. Esto merece una explicación. España, como país independiente y soberano que se dota de unos mecanismos para regir la vida de sus conciudadanos y de sus distintos pueblos de manera lo más armónica posible, no existe. Dicho aún más claro: el proyecto europeo ha acabado por convertir a España en una colonia al servicio de Alemania y EE.UU. Hoy, hasta el más acérrimo votante del PP, reconocerá sin sonrojo que la Merkel manda más que Rajoy. Lo advirtieron algunos hace ya unos años de manera casi profética: el Tratado de Maastricht es incompatible con la democracia y la soberanía de España, que se verá obligada a desmantelar su tejido productivo a cambio de poner la mano para recibir alguna subvención. Luego vinieron las reconversiones industriales y las reformas constitucionales para decir que lo más importante en esta vida es pagar los intereses a los bancos alemanes, por encima de nuestra educación o nuestra sanidad.


Entonces, si esta Unión Europea alemana está dividida en dos (con Francia siempre como empalme), y hay una parte (la del sur) de países que están siendo esclavizados con la deuda, podríamos plantear al menos dos preguntas interesantes: ¿Qué soberanía tendría un país pequeño como Cataluña, al sur, en esta UE? ¿El enemigo es España así en abstracto o, al menos en principio, el actual modelo europeo con la oligarquía alemana a la cabeza?


Qué casualidad, quienes encabezan el proceso independentista estuvieron y están de acuerdo con el modelo europeo (y el sistema euro, que diría Monereo) y siempre han estado de acuerdo con las políticas aplicadas en Madrid; no por casualidad tanto González como Aznar fueron presidentes gracias al apoyo de CiU. Más allá de lo obvio, cabría preguntarnos y preguntarles a quienes aspiran a superar el régimen del 78 algo importante: ¿es estratégicamente positivo tanto para la clase trabajadora catalana como para la del Estado español en su conjunto, ir detrás de la burguesía catalana al son que marque Artur Mas?


PD: A Carmen Forcadell podríamos decirle que la corrupción es consustancial al sistema capitalista en general y al régimen del 78 en particular. Y no hay visos de que CiU/ERC aspiran a superar el sistema capitalista, ni siquiera a hacer algo distinto del régimen al que ellos tan gustosamente siempre han pertenecido.


PD2: Creo que es más correcto hablar de proyecto independentista, en vez de soberanista, ya que la economía siempre será la clave. ¿Qué capacidad para decidir sobre las pensiones, la educación, el precio del cava o el Banco Central Europeo tendría una Cataluña independiente?


PD3: Siempre está bien recordar que un trabajador andaluz tiene más en común con un trabajador catalán que con un señorico andaluz. Más allá de oportunismos y  berrinches, los señoricos  madrileños, vascos y catalanes, siempre han tenido claro que les unen más cosas de las que los separan. Ahí está la Historia de España.


PD4: El PSUC -Viu, consecuente con la que ha sido su trayectoria, vuelve a llamar al pueblo de Cataluña, en primer lugar a los trabajadores y a todos los sectores populares especialmente golpeados por la crisis, a que unan la lucha contra ésta, por los derechos sociales, con la lucha por las libertades nacionales de Cataluña; entendiendo que son las dos vertientes de un mismo combate, que no habrá libertad nacional para Cataluña si no es con justicia social. (Resolución del PSUC-Viu sobre el once de septiembre, 09 sept 2013)

martes, 8 de julio de 2014

La disciplina de la derrota


Monereo establece una tradición emancipatoria que une, con un hilo rojo, de Jesús a Marx. De Espartaco a La Pasionaria, matizaría yo si me preguntaran. Una tradición emancipatoria atravesada por dos grandes contradicciones: la fe laica en que se pueden cambiar las cosas y la experiencia de innumerables derrotas. La política, para bien o para mal, es algo en buena medida irracional. No consiste en hacer el mejor programa o tener la razón. Influyen factores emocionales. El comunismo ha dado miedo cuando se ha convertido en una especie de religión popular laica. Solo la ilusión, la esperanza y la fe en una idea pueden hacer posible aquello de “luchar contra lo imposible y vencer”.

Esto es un problema, que se convierte en problemón cuando tienes la mochila cargada de derrotas. A veces se ganó. Todo lo que tenemos, o más bien lo que nos queda, se conquistó. Si algo enseña la Historia es que aquí no se regala nada. El llamado Estado de bienestar fue una concesión a la que los poderosos se vieron obligados porque tenían en frente a la Unión Soviética y el «fantasma» recorría Occidente. Las correlaciones de fuerzas internas, dentro de los propios países occidentales, también eran otra cosa. El PCI se suicidó con más del 20% de los votos y un millón de afiliados. Mateo Renzi simplemente es un tonto harto olla, con perdón.

Casi siempre se perdió. Al principio decíamos que un comunista nunca estaba solo. Luego tuvimos que enmendar nuestro idealismo: un comunista es el que está dispuesto a quedarse solo. A algo parecido se referiría Javier Egea: “Los solitarios son esos que le dicen a su amada: me quedo solo, pero no me vendo”. La soledad del corredor de fondo, si no estuviera pillado, sería el título perfecto para la biografía de tantos que dedicaron lo mejor de sus vidas por intentar dejar un mundo más digno a los que iban detrás. Casi siempre sin ningún tipo de recompensa. Es lo que tiene nadar a contracorriente, luchar contra Goliat. Lo más normal es que te rindas y te tomes las cosas de manera más «desapasionada», que es como decir que se puede jugar al fútbol sin correr. En caso de que insistas lo más normal es que pierdas dinero, oportunidades, trabajos y, sobre todo, por encima de todas las cosas, tiempo. La guerra ideológica es la más dura de todas. Los racionalistas ilustrados no lo entenderán, pero si estás en primera línea de fuego (da igual el frente, la trinchera o tu responsabilidad individual), tus relaciones con la gente o la visión de cualquier aspecto concreto de la vida, por banal que sea, estará condicionado por ello.

No creo que exista un comunista que no haya perdido algún conocido, algún amigo o alguna pareja por el hecho de serlo. No se trata de que ideológicamente no te acepten o las discrepancias puedan erosionar una relación. Puede ser más grave: que la preocupación por determinadas cosas te impidan preocuparte de otras. A veces esto puede ser una excusa, pero a mí me gusta la gente que se vuelca en lo que cree, aunque esto conlleve calentamientos de cabeza, críticas de tus vecinos, suspensos o un tono ocre de aparente amargura.

Un obrero le reprocha al profesor Sinigaglia que él no es como ellos, por su condición de intelectual. El profesor le responde que efectivamente él no es como ellos: no tiene ni trabajo, ni amigos, ni familia, ni casa. Lo único que tiene son ideas disparatadas que lo meten en líos. I compagni (Mario Monicelli, 1963) es una película sobre una derrota, pero también sobre gente que lo tuvo todo y se quedó sin nada y gente que no tenía nada y lo pudo tener todo. Creo que no existe otra película que muestre mejor esas dos contradicciones que atraviesan la tradición emancipatoria de la que tanta gente, a pesar de los pesares, se sigue reclamando heredera pero también partícipe.

Estamos derrotados, pero no vencidos. Mucho menos convencidos. Pueden pasar militarmente, pero nunca ideológicamente. Siempre habrá ideas disparatadas y gente dispuesta a luchar por ellas.

Nota. En la foto un joven comunista con actitud desafiante en Berlín, 1919. Hay quienes dicen que la foto es falsa: es lo de menos.

viernes, 13 de junio de 2014

Cuidado, una Transición


La muerte de Suárez, solo un día después de las Marchas de la Dignidad, y la abdicación del Rey, en un contexto de crisis de régimen, han vuelto a poner los focos sobre la llamada «Transición democrática». No por casualidad, determinados intelectuales orgánicos llevan un tiempo apelando al «espíritu de la Transición». Esto es, a la «responsabilidad de Estado», que es algo parecido a decir que nos podemos pelear por un par de leyes pero que a la hora de la verdad con las cosas de comer no se juega. Basta con ver el cierre de filas respecto a la Monarquía, pero también, y esto es más importante, respecto a las cuestiones económicas de fondo, del Tratado de Maastricht a la reforma del artículo 135 de la Constitución.

Decimos que vivimos una crisis de régimen porque la crisis no es solo económica, también afecta al marco político-institucional y en definitiva al conjunto de chiringuitos que se edificaron sobre los consensos del 78. El régimen tiene tres pilares fundamentales: el bipartidismo, la monarquía y la élite económica, siempre en la sombra. Hoy carecen de legitimidad. Es por esto que fueron ellos los que iniciaron su particular “proceso constituyente”: son incapaces de cumplir su propia legalidad, de ahí la utilidad a veces de sacarles la Constitución para poner de relieve la agudización de sus contradicciones.

En este contexto hay dos salidas, la ruptura democrática o la involución autoritaria. Esta última significaría una vuelta de tuerca al estado actual de cosas para perpetuar lo que hay 30 años más. Esto pasaría por acometer unas reformas de espíritu “gatopardista”: cambiar todo para que nada cambie. Un cambio de actores, pero no de escenario. A un presidente de un gran banco le preguntaron si pasó miedo la noche del 23F, a lo que respondió que no, porque independientemente de quién ganara el golpe él seguiría siendo el presidente de ese banco. Ahí está la cosa: en el fondo lo que verdaderamente está en juego es el privilegio de unos pocos, de unas élites económicas rentistas que no producen ni generan nada más que miseria para la mayoría. Partiendo de esto es cuando tiene sentido hablar de Transición.

Pero, ¿a qué se refieren con transición? Básicamente a lo que los marxistas entienden por “revolución pasiva”. Un sistema social (o régimen) nunca morirá sin agotar todas sus posibilidades de supervivencia. Quizá la última sea la introducción de “novedades”, de modificaciones conducidas desde arriba de manera que las fuerzas democráticas de ruptura queden relegadas a simples observadores sin capacidad de iniciativa. Es una manera que las clases dominantes tienen para reagruparse, reorganizarse y a su vez absorber o cooptar a una parte de los críticos, asumiendo alguna de sus reivindicaciones y volviéndolos así “gobernables”. Esto deja estratégicamente desnortadas a las fuerzas democráticas y posibilita que las clases dominantes mantengan (o retomen) la iniciativa para conducir desde arriba su propia transición.

Puede ser posible a través de un proceso de transformismo que consiste básicamente en una absorción gradual pero continua por parte de las clases dominantes de los líderes e intelectuales de las fuerzas de ruptura hacia la “moderación” y la visión de la política como “el arte de lo posible”. La jugada es maestra: decapitan al enemigo sembrando la desmoralización en sus filas y aumentan la capacidad hegemónica, es decir, la capacidad para imponer su visión del mundo. Estas transformaciones suelen darse en procesos de reflujo y de derrota de las propuestas radicales (que van a la raíz), haciendo que las “capas medias” que se habían visto atraídas por dichas propuestas vuelvan a su lugar de origen. Cuando se trate de grandes líderes o intelectuales, éstos, llegado el momento, se escudarán en la “moderación” alegando que es el único camino posible ya que la política “se hace con lo que hay”.

¿Y por qué tiene sentido traer, hoy, a Gramsci? Porque efectivamente estamos asistiendo a una recolocación del tablero, a la enésima restauración borbónica y, a fin de cuentas, a una transición tutelada desde arriba para que quienes nos condenan al paro no pierden sus privilegios. Semejante operación necesita de consensos y de actores nuevos de los cuales nadie podría sospechar. La llamada «Transición democrática» fue un buen ejemplo de ello. Quizá por eso la reivindican tanto. En cualquier caso, aunque la batalla es a medio y largo plazo, a corto plazo nos jugaremos la involución democrática o la ruptura democrática: o más de lo mismo o un proceso constituyente que ponga encima de la mesa un nuevo proyecto de país que sea capaz de cumplir los derechos humanos más básicos; que sea una verdadera democracia, en las formas y en el contenido. Son tiempos de apertura, generosidad y unidad, qué duda cabe, pero también son tiempos de inteligencia, astucia y (aunque suene antiguo) teorías científicas.

Nota. En la foto Javier Solana (PSOE) en un mitin anti-OTAN. Años después acabaría siendo Secretario General de la OTAN.

I cento passi (Marco Tullio Giordana, 2000): ácido del pueblo


 Si algo podemos envidiar de los italianos es su cine (aunque seguro que hay más cosas). Una vez el cine italiano dominó el mundo. Vittorio de Sica, Elio Petri, Luchino Visconti, Federico Fellini, Roberto Rossolleni, Paolo Pasolini, Bernardo Bertolucci, Gillo Pontecorvo, Mario Monicelli… Todos, o prácticamente todos, estrechamente ligados al potente PCI. No sé si fue el caso de Giordana, pero sin entender que el PCI fue el Partido Comunista más grande de toda la Europa occidental, bastante más que el propio Partido Socialista italiano, no podríamos entender la existencia de esta película.

Giordana nos narra la historia de un joven llamado Peppino Impastato que nace en el seno de una familia mafiosa, en el corazón de la Sicilia (Cinsi) de los años 50. Casi nada. Peppino se convierte por azares de la vida (y concretamente por las influencias de un pintor) en un activista contra la mafia en concreto y por la revolución en general. A pesar de las presiones (más que obvias) por parte de su propia familia, Peppino no cede a la presión y aun viviendo a cien pasos del capo sigue su lucha, convirtiéndose en todo un referente.

Una de las grandes facultades de la cinta es que nos muestra la Sicilia mafiosa desde las entrañas. “Y digamos que nosotros los Sicilianos, queremos a la mafia y no porque nos hagan temerle sino porque da seguridad, porque nos identifica, ¡porqué nos gusta!. Nosotros somos la mafia”. Otra de las facultades de la cinta es que Giordana nos muestra, quizá sin quererlo demasiado, las tensiones políticas que hubo en Italia dentro del movimiento obrero. Eran los tiempos de la Operación Gladio, de la alianza de todos (incluída la mafia) contra el PCI. Todo esto, que no es poco, unido a factores internos, suponen un repliegue dentro del propio PCI que acabó sacralizando en el “compromesso storico” y, en última instancia, en su autoliquidación en 1991 aun con más del 20% de los votos y más de un millón de militantes. Estas contradicciones, que ya afloraban por aquellos entonces durante el segundo mandato de Palmiro Togliatti (conocido amigo español, por cierto), se ponen de relieve cuando Peppino (tras discrepancias internas) acaba finalmente yéndose a Democracia Proletaria (partido trotskista con escaso protagonismo fundado en 1975).

Esa segunda parte de la película transmite hastío, decepción y una especie de autocomplaciencia personal a sabiendas de que no había posibilidad real de cambiar las cosas. Pero Peppino sigue con su radio, aportando su granito de arena. Y el final es triste, pero porque Giordana al elegir la historia nos intentaba decir: esto es lo que pasa normalmente cuando alzas tu voz contra los poderosos. No hay más que eso: una historia real y realista (bien narrada y bien interpretada) de los miles de héroes anónimos o conocidos que se jugaron lo mejor de sus vidas y algunos sus propias vidas por intentar vivir en un lugar más habitable. Hay que recalcar, eso sí, la exquisita selección musical: de Cohen a Joplin.

En fin, una película muy buena que hace justicia, que no es poco. En España, salvo alguna honrosa excepción (7 días de enero, Salvador Puig Antich…), no solemos poder decir lo mismo de una película.

“I cento passi del dolor, Peppino Impastato/ ácido del pueblo, primo, hasta que caiga el capo” (Juancho Marqués)

viernes, 24 de enero de 2014

Ser mayoría



Hay puestos sobre la mesa de lo que podríamos llamar “izquierda transformadora” varios debates, quizá el más destacado al menos en los últimos días es el de la imperiosa unidad de la izquierda. Nos encontramos a escasos meses de una sucesión de procesos electorales que concluirá con las elecciones generales de 2015. Aun partiendo de que el objetivo no es gobernar sino transformar y de que gobierno y poder son dos cosas distintas, pues en realidad Rajoy solo es un capataz de la oligarquía financiera realmente dominante, no son unas elecciones más. Podríamos aprovechar las europeas para explicar el nudo gordiano que significa esta Unión Europea, representada de manera fidedigna en la figura de Mario Draghi, para los pueblos europeos con especial saña con los del sur; las municipales para profundizar en la construcción de poder popular, no solo en la teoría, que también, sino (y sobre todo) en la práctica, pueblo a pueblo y barrio a barrio; y las generales para poner encima de la mesa nuestro proyecto de país atravesado por dos cuestiones fundamentales como son la conquista de la democracia y la soberanía, en el sentido más profundo de ambos términos. Hacer pedagogía elevando la conciencia de los sectores populares golpeados por la crisis para que éstos no señalen los excesos del sistema sino el propio sistema, es una tarea mucho más profunda –y por supuesto revolucionaria- que conseguir unas décimas más de votos. Y lo dice alguien que se presenta a las elecciones. Pero es que tienen razón quienes dicen que esto no se arregla cambiando de manijero, es decir, que sin un pueblo consciente, organizado y dispuesto a dar la batalla, entrar en disputas sobre elecciones de candidatos nos puede perder en el vacuo electoralismo y poco más.

Y aun partiendo de esto, no son unas elecciones más. No lo son porque a pesar de todas las limitaciones del institucionalismo (burgués, hay que decirlo) podemos aprovechar la ocasión para mandar un mensaje a toda la gente que sufre, que no es poca: no estamos condenados a que nos gobiernen siempre los mismos, hay alternativa; sí se puede. Sin programa no hay proyecto, pero sin ilusión tampoco hay proyecto y el programa se reduce a una especie de carné de identidad, que no es poco pero sí insuficiente para cambiar el estado actual de cosas. En este sentido, que el bipartidismo (vocero y representante de la oligarquía financiera anteriormente mencionada) saliera indemne se traduciría en más desmoralización de la mayoría social que a pesar de no tener un arraigo ideológico sólido apuesta por un cambio. Si la llamada izquierda transformadora no es capaz de catalizar la indignación de esa mayoría en forma de ruptura democrática, será la extrema derecha quien lo haga apelando a un sentimiento más primario y a priori más efectivo: el miedo. Un miedo que se transforma en odio pero que no apunta hacia los de arriba, sino hacia los de al lado y los de abajo. Una buena definición sociológica del fascismo es el miedo del penúltimo al último. Una organización revolucionaria o transformadora nunca puede ser rehén de las prisas y perder el norte de su estrategia, pero eso no impide ser conscientes del momento de emergencia que vivimos. Como decía Gramsci, existe la tentación de que, al no tener la iniciativa en la lucha y acumular  demasiadas derrotas, apelemos al determinismo histórico como fuerza de resistencia moral: “He sido vencido momentáneamente, pero la fuerza de las cosas trabaja para mí y a la larga…”.

Se nos plantea ante nosotros la gran pregunta, imposible de abarcar en estas líneas: ¿Qué hacer? A este respecto solo pretendo aportar una breve reflexión. Los términos izquierda y derecha tienen su origen en la Revolución Francesa, y más concretamente en la Asamblea Nacional. En ésta los progresistas y los revolucionarios que defendían al pueblo llano se sentaban en la izquierda y los conservadores y los reaccionarios que defendían a los privilegiados se sentaban en la derecha. No hablamos de términos científicos aunque en muchos casos han conseguido representar nuestro discurso, sin olvidar que las palabras son metáforas para explicarlo (en nuestro caso la contradicción de clase capital/trabajo) y llegar a la gente con la que aspiramos a construir el proyecto de República democrática y social. Aquí está la clave. ¿Aspiramos a unir a esa magnífica pero minoritaria militancia que lleva toda su vida dejándose la piel y con suerte sumar a los votantes de izquierdas del PSOE, o aspiramos a ser mayoría? En el primer caso basta aquello de “parar a la derecha”, identificando ésta únicamente con el PP y legitimando así el sistema de partidos bipartidista cuya magia consiste en presentar dos opciones distintas, una de izquierdas y otra de derechas. Una pena que eso signifique, a mi juicio, seguir siendo por los siglos de los siglos la izquierda real y decente condenada a la marginalidad, o simplemente a la impotencia de no poder dar el ansiado sorpasso y romper el bipartidismo. Por otra parte, podemos asumir el reto de intentar constituirnos como mayoría, lo que significaría no solo aspirar al universitario con camisa de cuadros que se situaría perfectamente en los parámetros de la izquierda, sino aspirar también a esa mayoría social fragmentada y presa en muchos casos de la ideología antipolítica reaccionaria; hablo de amas de casa, de obreros que votaron al PP porque se sintieron traicionados por la izquierda, de jóvenes indignados que se abstendrán porque creen que todos son iguales y, en resumen, de una cantidad nada desdeñable de personas descontentas con sensibilidad de cambio pero con una confusión ideológica digna de estos tiempos líquidos.

Son tiempos de alianzas, qué duda cabe. Ahora bien, si renunciamos a concienciar y a organizar a una buena parte de la clase obrera que hoy en día no está con nosotros, tenemos poco que hacer. Unificar a la izquierda transformadora, a sus intelectuales y a la parte concienciada de eso que los liberales llaman clase media, está muy bien y es necesario. Pero sin una mayoría articulada en torno a los que mejor sufren la explotación del sistema dada su posición respecto al proceso productivo, efectivamente, tenemos poco que hacer.

sábado, 18 de enero de 2014

Diez cuestiones sobre la candidatura Podemos




Dejo aquí unas cuestiones para dejar escrita, junto con lo esbozado hace unos días, mi opinión, no ya sobre el proyecto Podemos en sí, sino para intentar entenderlo, sin más. Con esto quedará todo dicho salvo catástrofe, porque tenemos cosas más importantes que hacer.


Una. Creo que los debates entre gente cercana no se pueden librar en tono beligerante, por lo cual no estaría demás que apeláramos a la prudencia. Independientemente de las discrepancias políticas, ideológicas, estratégicas, tácticas o programáticas, las gentes que nos ubicamos en la llamada “izquierda transformadora” estamos condenados a entendernos aunque solo sea de manera coyuntural o táctica. Creo que se entiende. Por otra parte, cuando alguien quiere ganar un debate de ideas poco favor se hace a sí mismo si se enroca en actitudes acrimoniosas que imposibilitan precisamente un debate de ideas.


Dos. Los debates no son una opción, una posibilidad: son estrictamente necesarios. Nadie se puede ofender porque alguien abra un debate, del mismo modo nadie que abra un debate se puede ofender porque la gente entre en él; de hecho esa es la intención. El proyecto Podemos es legítimo y sus impulsores tienen todo el derecho del mundo a participar fuera de IU, salvo que declararan a ésta amor eterno o firmaran un contrato vitalicio de lealtad, que no lo  creo. Podemos apelar a cuestiones de moralidad o de principios, o incluso de responsabilidad, pero eso es como apelar a Maquiavelo de manera sesgada: poca cosa.


Tres. He visto prácticamente todos los programas de La Tuerka desde el principio, he leído los libros de sus principales impulsores y muchos de sus artículos (hablo de Pablo Iglesias, Juan Carlos Monedero, Íñigo Errejón e incluso Santiago Alba Rico) y he escuchado sus charlas (algunas en persona, otras por internet). Soy concejal de un pueblo campesino de 1.300 habitantes en el que IU tenía 4 votos en las generales antes de presentar candidatura, por lo que sé la dureza de la realpolitik y sus contradicciones. No vivo en una atalaya ni soy ningún dogmático que da lecciones sin mojarse. Por eso puedo hablar y lo hago.


Cuatro. Mencionar el protagonismo de los medios de comunicación (y en qué consisten éstos) en la proyección de esta candidatura no es ser un sectario, es ser marxista. La clase económicamente dominante se erige como clase política e ideológicamente dominante a través del Estado y sus aparatos ideológicos, ya que no solo nos dominan mediante la fuerza sino también mediante el consentimiento. Es aquí donde entran en juego elementos como la cultura, la educación, la iglesia o los medios de comunicación. Ya Engels advirtió que, por cuestiones de tiempo y espacio, no pudieron hacer tanto hincapié en los elementos de la superestructura que ejercen influencia en las distintas luchas. Fue Gramsci, muy recurrido por los impulsores de Podemos, el que hizo un trabajo más laborioso sobre estas cuestiones, releyendo a Maquiavelo. No me resisto, llegados a este punto, a mostrar mi asombro con el uso tan ligero que hacen los impulsores del término “sentido común”, definido precisamente por Gramsci como la visión del mundo hegemónica, es decir, la ideología dominante asumida por las “clases subalternas”. Tampoco me resisto a citar al maestro florentino, aunque sea de paso y con perdón:


Cinco. “Si los grandes ven que no les es posible resistir al pueblo, comienzan por formar una gran reputación a uno de ellos, y, dirigiendo todas las miradas hacia él, acaban por hacerle príncipe. A fin de poder dar, a la sombra de su soberanía, rienda suelta a sus deseos.” (Maquiavelo, El Príncipe)


Seis. En política siempre hay que intentar hablar de programas y proyectos, evitando hablar de personas. La historia es la historia de la lucha de clases. Es el resultado de esas luchas el que hace avanzar las sociedades. La historia la hacen los pueblos, nunca los líderes. La solución es colectiva y no pasa por una “regeneración” (o "transformismo" en términos gramscianos) de los dirigentes, sino por un proyecto radicalmente alternativo ya que Rajoy solo es un capataz, un títere, de la oligarquía financiera. Hablar de esto no es una cuestión meramente estética, es hacer pedagogía y señalar el verdadero problema: da exactamente igual que se quite Rajoy y entre Rubalcaba o un intelectual brillante que hable muy bien si detrás no hay un pueblo organizado dispuesto a dar la batalla para aplicar un programa anticapitalista enmarcado en un proyecto alternativo de país. No quito importancia a los liderazgos; la historia del movimiento obrero está llena de ellos. Lo que digo es que cuidado con las prisas, que esto no lo soluciona ningún líder carismático. Pensar eso es tan absurdo como pensar que un programa en sí, solo, es la solución.


Siete. Bajo mi punto de vista, el mensaje debe ser precisamente el contrario. La solución debe ser colectiva, por lo tanto de lo que se trata es de empezar por abajo, por explicarle a la gente llana que si no se involucra no hay nada que hacer porque nadie le va a sacar las castañas del fuego, porque aunque quisieran no podrían. Esto significa ir pueblo a pueblo, barrio a barrio, casa a casa, con pedagogía y capacidad didáctica, explicándole a la gente que tenemos que ponernos de acuerdo en torno a un programa, un proyecto y la ilusión de cambiar el estado actual de cosas. Esto es exactamente lo que han hecho los comunistas toda la vida, con especial mención durante el franquismo, donde había un comunista organizando allá donde había un colectivo de gente; en la fábrica, en la universidad o en una asociación de vecinos. Algo parecido a esto es lo que propone el Frente Cívico, muy distinto a “obligar a pactar a IU una lista electoral”, como el propio Pablo Iglesias dijo. Es un trabajo laborioso pero no se puede empezar la casa por el tejado porque al segundo día el chasco sería estrepitoso.


Ocho. Dicho todo lo anterior, podemos plantearnos la primera pregunta clave: ¿Quiénes son los impulsores de la candidatura? En resumen nos encontramos ante una organización trotskista (no utilizo trotskista despectivamente sino como intento de catalogación ideológica), IA, que desde que se salió de IU va de fracaso electoral en fracaso electoral, apoyando (aunque sea implícitamente o con “mano izquierda”) intervenciones imperialistas en Siria o Libia y poco más; un ex-asesor de Llamazares en los “tiempos de plomo” de IU que dejó escrito hace no mucho que “la agitación social” no puede ser liderada por el PCE porque eso sería repetir el error de 1986 con IU; y unos intelectuales cuyo principal referente es Toni Negri, un “marxista posmoderno” que niega la vigencia del imperialismo o de la clase obrera como sujeto histórico y votó sí al referéndum de la Constitución Europea. En definitiva y resumiendo, los grandes impulsores de la candidatura se podrían catalogar dentro de la izquierda posmoderna, anti-partido y movimientista; por eso se puede empezar una candidatura por arriba, la organización y el programa son lo de menos: “el objetivo final no es nada: el movimiento lo es todo”. Curiosa “nueva política” que ya fue defendida por Bernstein hace más de un siglo y rebatida por Lenin. Y alguien puede decir: Lenin también es viejo. Cierto, pero el leninismo ha instruido unas cuantas revoluciones y además sigue inspirando otras. La “nueva política” que barra con “lo viejo” todavía no ha hecho ninguna, que yo sepa.  También podría decir alguien: IU no es leninista, ni siquiera el PCE. Y tendría razón, pero al menos yo no creo que los comunistas podamos no militar en ninguna organización (como dice Pablo Iglesias, por cierto), aunque esté ésta en reconstrucción, con todas sus contradicciones. Creo que los comunistas tenemos que militar en el PC y aspirar a que éste sea el partido hegemónico y director dentro de cualquier Frente. Es una aspiración tan legítima como la de quienes pretenden que su partido, corriente o fracción sea hegemónica.


Nueve. Cómo y para qué. Primera hipótesis. Antes de nada, he de decir que el discurso de Pablo Iglesias en la presentación me pareció honesto. Dijo casi literalmente que él lo que quería era “forzar” a IU para que realizara unas primarias en las que él competiría lealmente con el resto de candidatos. No me interesa tanto la presentación en concreto o el órdago en general, sino qué saldría en caso de que IU aceptara o no aceptara, partiendo de los presupuestos ideológicos anteriores. En el primer caso, algunos intentos irían dirigidos a desplazar al PCE como fuerza hegemónica dentro de IU (más claro no lo pudo escribir Monedero), todo ello avalado con un discurso “fresco” (Pablo Iglesias propuso en sus tiempos por la UJCE cambiar La Internacional por una versión de Aprendiendo a luchar de Reincidentes, por cierto) contra “las viejas maneras de hacer política”, en aras de la “regeneración” y los “nuevos liderazgos”, y en detrimento de la “casta burocrática”. El caso es que ya tuvimos una IU en la que el PCE no era hegemónico y acabó con dos diputados. Es curioso que por aquellos entonces, al borde de la desaparición, apenas había gente de fuera que daba consejos. Es justo ahora que IU remonta, aunque sea de manera lenta e insuficiente, cuando todos vienen a darnos consejos (bienvenidos, por otra parte).


Segunda hipótesis. Es probable que el órdago se lance de una manera calculadamente inasumible por parte de IU (aquí un par de pinceladas sobre lo de las primarias) para que, en caso de no llegar a ningún acuerdo, esté justificada la participación fuera de IU. En ese caso tendríamos en España un nuevo Bloque de Izquierda como el portugués: una amalgama de trotskistas, socialdemócratas enfadados y algún “maoísta” despistado, que  se dirige con bastante éxito al “precariado” (la nueva clase social), principalmente a los universitarios, pero cuya falta de organización e implantación social, hace que se tambalee incluso electoralmente, como en las últimas elecciones portuguesas.


Tercera hipótesis. Podemos converge de manera democrática con IU (la democracia no es solo la integración de la minoría, también es la dirección de la mayoría; la democracia también es material, numérica), que da más protagonismo a un programa anticapitalista y a sus bases que a personas concretas, reforzando un proyecto más ilusionante con capacidad de ser mayoría y transformar, con el socialismo como horizonte. Conozco gente intelectualmente honesta y con un bagaje ideológico importante que conocen de cerca la iniciativa y la verdadera intención de sus promotores. Según comentan, esa tercera hipótesis es probable y deseable por todas las partes. Espero que así sea, por mi parte encantado.


Diez. A día de hoy el campesino Cayo Lara es el político mejor valorado de España. Con todas las campañas en contra, sin publicidad y sometiéndolo a terceros grados cada vez que pisa un plató, no está nada mal. Yo conozco a mucha gente “normal” a la que le gusta porque es un hombre, cercano y humilde, de pueblo. A lo mejor el problema es que nosotros nos movemos en unas coordenadas discursivas e intelectuales distintas y nosotros, en nombre de la mayoría, pedimos otra cosa. Y cuidado porque Julio Anguita siempre fue el líder más valorado también en una crisis tremenda del PSOE y no por ello cosechó demasiados votos. Con esto solo quiero decir que especular en torno a personalidades o liderazgos es poco menos que perder el tiempo.

P. S. No puedo irme sin decirlo. La comparación con lo ocurrió en los años noventa en Venezuela, con el declive del puntofijismo y la emergencia de una opción populista y democrática, no se sostiene. El propio Pablo Iglesias siempre ha dicho que en España es prácticamente imposible y que eso no funcionaría. En cualquier caso, y poniéndonos tiquismiquis, la única ¿similitud? es que dentro del Gran Polo Patriótico había un partido llamado PODEMOS (Por la Democracia Social) que en 2008 “saltó la talanqueta” (una manera que tienen los venezolanos de decir que se pasó al enemigo) votando no en el referéndum constitucional e integrándose en 2009 a la MUD de Henrique Capriles (aunque finalmente volvieron al Gran Polo Patriótico, alegando que “la unidad es nuestra premisa ideológica, de Patria”).

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